|
por
Antonio Torrejón
En los próximos años, los grandes lineamientos de los
municipios de América Latina tenderán al desarrollo de
las economías locales. El desarrollo económico local es
la asunción, por parte de los gobiernos locales, del
nuevo rol que deben representar en el marco de una
estrategia de desarrollo global, que ha cambiado
profundamente. Venimos de un modelo de desarrollo que,
vigente desde la postguerra hasta fines de la década
pasada, se caracterizaba por ser una estrategia de
industrialización intermedia autocentrada, sustitutiva
de importaciones, con nivel protectorio elevado. La
política institucional se fundaba en un centralismo
donde el espacio de lo municipal era absorbido por el de
la Nación. En ese marco, los municipios se encargaban de
administrar servicios básicos y operar en los límites de
la acción Estado-Nación, o de sus provincias. Diversos
factores como la deuda externa y tasas de interés, entre
otros, hicieron que esta estrategia se agotara. En los
’90 comenzó a implementarse una estrategia de desarrollo
cuyos lineamientos fueron la apertura de las economías,
la disminución del papel del Estado, el surgimiento del
mercado como categoría central de la organización social
y una hegemonía de capital concentrada en los grupos
económicos nacionales más importantes, los holding
transnacionales y el capital financiero. Esto determinó
un cambio profundo en la orientación. De esta manera la
economía se globaliza y los principios ordenadores de la
dinámica socioeconómica pasan a ser la competitividad y
la productividad. El Estado-Nación desaparece como el
gran asignador de recursos, y la dinámica de puja entre
sectores es reemplazada por otra, que plantea la
necesidad de reconvertirse para subsistir. Aquel Estado
centralista del modelo anterior, que penetraba el
espacio de lo municipal, se traduce en una política de
descentralización de competencias, desde los niveles
superiores del Estado hacia los inferiores. En América
Latina, estas políticas económicas han sido exitosas
para corregir las desigualdades regionales, pero la
estabilidad macroeconómica no debe ser el único
parámetro para medir los resultados de la Reforma. Si
bien la estabilidad es un objetivo fundamental, resulta
insuficiente para garantizar la innovación tecnológica y
la organización de las Pymes y microempresas que
conforman los sistemas productivos y el tejido
empresarial de las distintas regiones del interior del
país. Las asimetrías en la distribución del ingreso y
las disparidades territoriales no se corrigen con
reformas estructurales de la macroeconomía, ni con la
disminución del papel del Estado. De este modo se
concentran los nervios del crecimiento en sectores y
regiones que acumulan la mayor parte de los beneficios y
no los creadores intensivos del empleo. El cambio debe
gestarse mediante una estrategia que permita pasar de
una política municipal definida centralmente, a otra que
coloque el planeamiento, la decisión y los recursos en
el nivel local. Así se cambia una línea de diseño de
políticas vertical, cuyo vértice es el Estado-Nación, a
otra horizontal, en la cual el municipio coordina,
concerta y articula con los actores locales y otros
municipios. Las actividades y relaciones que se dan
dentro de un espacio territorial, localidad, región y
subregión, deben ser consideradas como agentes de
transformación. El proceso de articulación de las
potencialidades de una localidad o comarca debe ser
participativo, concertador y abierto. Esto implica una
valorización del capital social, entendiendo que el
potencial de las personas es el activo más importante
del desarrollo de una comunidad. Por otro lado surgen
procesos de colaboración y asociación entre sectores
públicos y privados, entre empresas, individuos,
localidades y entre éstas y los entes territoriales de
mayor alcance. Procurar el desarrollo económico local
exige un compromiso global de la sociedad e
instituciones de todo orden. Para ello es necesario
crear una nueva atmósfera económica, mediante una
planificación cuidadosa que asegure la participación de
la comunidad en el progreso, que incluye también lo
social y lo cultural. Es imprescindible complementar los
programas de estabilización macroeconómica con políticas
que aseguren territorialmente el acceso a los servicios
empresariales e infraestructuras especializadas, a fin
de facilitar la innovación tecnológica y organizacional
de las regiones. El desarrollo económico local exige un
compromiso global de los actores sociales y un abanico
de instrumentos y políticas locales y regionales
fundadas en una percepción integral y sistemática de la
realidad. La descentralización y el diseño de políticas
locales de desarrollo implican la necesidad de proceder
a una reforma cualitativa del Estado en el nivel local,
que es la referencia principal para la aplicación de las
políticas públicas. La administración municipal debe ser
capaz de dar respuestas a demandas complejas de los
diferentes agentes sociales locales. Esto requiere la
concreción de un nuevo pacto social nacido de procesos
de concentración. Articularlas y orientarlas hacia
objetivos de desarrollo de la comunidad es el otro gran
reto que deben afrontar. Las políticas distributivas no
pueden ser la única respuesta a los desequilibrios
sociales del modelo de desarrollo. Es necesario
introducir la lógica del fomento de la producción local.
Los gobiernos municipales deben armar el escenario para
vincular a los actores, proveer ideas-fuerza para la
concertación estratégica territorial, movilizar los
recursos de la comunidad y adoptar al mismo tiempo un
rol protagónico.
|