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Autor: Jorge O. Hambra
Mucho se habla y se habló acerca de qué es la
Inteligencia, ya nadie discute la idea de que La
Inteligencia ha dejado de ser aquello que se mide por
pruebas de resolución de problemas lógico-matemáticos, y
más aún la idea de que La Inteligencia no es una
capacidad única sino por el contrario una articulación
de partes interdependientes. La noción de Inteligencia
se ha ampliado, complejizado y popularizado.
Hoy en día para saber si las personas somos inteligentes
o no, habría que anteponer una pregunta fundamental:
¿inteligente para qué? Por ejemplo: un aborigen del
Amazonas es más inteligente que muchos de nosotros para
sobrevivir en la selva porque, sencillamente, todos sus
esquemas de aprendizaje han sido activados para resolver
ese tipo de problemas. Pero estos mismos esquemas
activados le serán inútiles para manejar un ordenador. Y
el factor determinante de su dificultad no será la
relativa complejidad de la máquina sino la falta de las
facilitaciones conexas necesarias para comprender su
sentido, su contexto, su para qué.
Inteligencia gerencial
Ahora bien, si aceptáramos que diferentes aprendizajes
remiten a diferentes facilitaciones y estas, a su vez, a
inteligencias diversas, ¿no sería razonable hablar de
una Inteligencia Gerencial? Y es que el saber hacer de
un Gerente consiste en saber alcanzar Metas. Para
lograrlo tendrá que administrar un conjunto variado de
recursos en forma eficiente a través de la conducción de
seres humanos. Deberá entonces orientarse y orientar a
su equipo hacia submetas claras, ambiciosas y
alcanzables, cuya realización les provea de experiencias
motivadoras tales que sus sentimientos -tanto los de
logro como los de pertenencia- provoquen un refuerzo
colectivo del entusiasmo y de la involucración y, a
partir de esto, conseguir que todo el sistema que
gerencia se convierta en un proceso generador de mejoras
constantes y progresivas. Llamo entonces Inteligencia
Gerencial a la medida diferencial en que una persona es
capaz de lograr esto respecto de otras personas, en
condiciones idénticas. El problema de esta definición
consiste en que, al llevarla a la práctica, nos
encontramos con un entorno ni tan controlado ni tan
controlable y que nunca resulta el mismo para varios
agentes distintos.
Podríamos superar esta limitación si tomásemos en cuenta
dos ideas: (a) la Inteligencia Gerencial debe poder
descomponerse en una serie de habilidades necesarias
para llevar adelante la función, y (b) distintas
personas debemos poseer mayores o menores facilitaciones
cerebrales para ejercer cada una de estas habilidades.
Llamaré a este tipo de habilidades, habilidades
inespecíficas y las definiré así porque son aquellas que
no dependen de los conocimientos técnicos de la
profesión del Gerente -los cuales usualmente se obtienen
en ámbitos académicos por medio de procesos
planificados, progresivos y controlados- sino que son
aquellas que, por el contrario, sea cual fuere la
naturaleza del negocio y de la profesión del Gerente,
éste deberá poseer para desarrollar con éxito su
actividad de Conducción. Es así que podemos encontrar un
hábil Comerciante o un exitoso Ingeniero que resulte a
la vez un pésimo Gerente y viceversa.
Las once habilidades inespecíficas de todo buen manager:
Sentido de finalidad: es obvio que un capitán que no
sabe adónde va tiene muy baja probabilidad de llevar su
nave a algún puerto interesante. Aunque parezca
elemental, observo cómo la problemática del día a día
desfigura la claridad de las metas. Para
contrarrestarla, un Gerente requiere de una sólida
combinación de visión, convicción y perseverancia. Y
sumarle un agudo sentido de oportunidad que le permita
cambiar la hoja de ruta cuando se impone hacerlo.
Capacidad de planificación: se trata del poder para
imaginar los caminos más cortos, los más económicos, los
más seguros y efectivos para alcanzar cada Meta.
Capacidad para administrar recursos: es la habilidad
para alcanzar las metas combinando y distribuyendo los
recursos con que cuenta, y no con los que desearía
contar.
Capacidad para comunicar: es decir, para lograr que los
colaboradores comprendan las ideas que el Gerente tiene
en su mente y que necesita que ellos desarrollen.
Capacidad para motivar: conseguir que las personas se
involucren, disfruten de su trabajo y se sientan
protagonistas tanto de los logros como de los fracasos.
Capacidad para desarrollar a las personas: un Gerente
debe suponer que sus colaboradores no han alcanzado aún
el límite de sus posibilidades de rendimiento y, en
consecuencia, debe lograr que tengan la necesaria
motivación intrínseca como para procurarse el
aprendizaje que les permita alcanzar mayor nivel. Luego,
es su deber facilitarle los medios. Esto requiere de
saber diferenciar a las personas por un proceso
diagnóstico, de saber apreciar sus potenciales y de
saber trabajar sobre ellos con un plan.
Capacidad para manejar conflictos: es decir, para
transformar cada situación de oposición de intereses en
una oportunidad para generar nuevas formas de alcanzar
las metas. Para esto es imprescindible saber elaborar y
diluir los resentimientos personales. Debe poseer,
además, la fortaleza de carácter para establecer los
límites que no deben ser transgredidos y el criterio
para diferenciarlos de aquellos que se pueden negociar.
Capacidad de Análisis-Síntesis: Gerenciar requiere la
habilidad para descomponer fenómenos complejos en sus
partes constitutivas. Pero, requiere también la
capacidad de comprender fenómenos sistémicos y efectos
no lineales. Por eso Análisis y Síntesis son dos
momentos de un mismo proceso continuo.
Capacidad para hacer seguimiento de procesos: un Gerente
debe estar convencido que las cosas no saldrán bien sólo
porque se las planificó bien. Si no controla su
desarrollo práctico se cumplirá (y con mucha frecuencia)
la famosa ley de Murphy que dice: si las cosas pueden
salir mal, entonces saldrán peor.
Capacidad para asumir riesgos y tomar decisiones: esta
habilidad requiere de la evaluación y acotación de
riesgos para lo que es de gran valor el trabajo de
Análisis- Síntesis. Pero hay un momento en que se impone
actuar y no existe proceso alguno que asegure el éxito
absoluto de una operación concreta sobre la realidad.
Capacidad de autocrítica: todo el tiempo gastado en
justificaciones tediosas o en la negación de los errores
es tiempo restado al análisis y reparación de los daños.
Por eso es más competitivo quien menos se ocupa en
esconder y más se ocupa en resolver.
Jorge O. Hambra
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