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Nutrición
y riego: Los suelos de Mendoza (20/09/2007)
Por: Ing. M. Sc. Rosana Vallone / Especialista en Suelos
y Riego EEA Mendoza INTA
La especialista aconseja cómo regar los distintos tipos
de suelo y muestra las etapas de la nutrición. Guía
imprescindible para no cometer errores en la finca.
La especialista aconseja cómo regar los distintos tipos
de suelo y muestra las etapas de la nutrición. Guía
imprescindible para no cometer errores en la finca.
Las características propias de cada tipo de suelo
responden, en gran parte, a las características
mineralógicas que heredaron de las rocas originarias,
pero también es importante la influencia que otros
factores de formación como el clima, los organismos
(microorganismos, plantas, animales y hombre), el
relieve y el tiempo transcurrido tuvieron sobre los
materiales iniciales.
Los suelos mendocinos son, en su casi totalidad,
derivados de materiales originarios provenientes de la
erosión de las rocas cordilleranas que no han sufrido
modificaciones en el sitio donde fueron depositados
luego de ser transportados por distintos agentes como
eólico (viento), coluvial (gravedad), aluvional (agua) y
glacio – lacustre (glaciares y antiguas lagunas).
Las características regionales, singularizadas por la
extrema escasez de precipitaciones pluviales, dificultan
y aun inhiben los procesos edáficos de maduración.
Es muy grande la variabilidad de textura en distancias
cortas y es fácil encontrar, a pocos metros de una
tierra de perfil totalmente arenoso, otra en la cual se
observan capas limo - arcillosas. Estas variaciones
constituyen muchas veces la clave en la heterogeneidad
en el estado de un cultivo y explican la presencia de
manchas peores o mejores dentro de un mismo cuartel.
Son frecuentes los “suelos salinos”, caracterizados en
estado virgen por una flora típica llamada “halófita”.
Esta salinidad está constituida por sulfatos y cloruros
de calcio, magnesio y sodio. Los sulfatos son los que
generalmente predominan. Salvo presencia de capas
impermeables o de drenaje impedido, éstas son tierras
recuperables y utilizables para la agricultura regadía,
mediante simples operaciones de lavaje. Donde abundan
los cloruros, en cambio, la salinidad se encuentra casi
siempre asociada a excesiva alcalinidad y frecuentemente
la recuperación del suelo exige tratamientos especiales
(enyesado y drenaje artificial).
La temperatura estival alta, las escasas precipitaciones
y la abundancia de calcáreo, favorecen la rápida
combustión de la materia orgánica e impiden su
acumulación, de ahí que todas las prácticas culturales
que signifique aumentar su proporción en los suelos se
vean recompensados por notables mejoras en el estado y
rendimiento del cultivo.
La nutrición de la planta
Son tres los elementos necesarios para la nutrición que
con mayor frecuencia pueden estar en deficiencia, y que
son los más comúnmente incorporados como fertilizantes
(nitrógeno, fósforo y potasio). Por ser los que en mayor
proporción se encuentran en los tejidos vegetales,
integran – junto con el calcio y el magnesio- los
llamados “macronutrimentos”.
El nitrógeno es el de menor contenido relativo total en
estos suelos de zonas áridas, cuando se lo compara con
el de los suelos de la pampa húmeda.
En cuanto al fósforo, si bien su contenido total no
difiere sensiblemente con el de los suelos de la pampa
húmeda, donde a diferencia de los de las zonas áridas
una fracción importante está bajo forma orgánica, su
disponibilidad es en general menor y depende de la
naturaleza mineralógica de los materiales originarios y
de otras características químicas edáficas que
determinan los tipos de compuestos inorgánicos que
integra. La respuesta a la fertilización con este
elemento, solo o unido al nitrógeno, es en general muy
frecuente, con excepción de ciertos suelos de los
departamentos del Este mendocino, y otros similares,
donde su proporción disponible es relativamente elevada.
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